El jueves por la noche revisité uno de los desencuentros más potentes de mi vida: el distanciamiento de mi primera mejor amiga. Después de muchos años me atreví a preguntar: ¿Qué nos pasó? Pero, sobre todo, me atreví a escuchar las respuestas.
Me sorprendió la capacidad humana (esta vez mía) de suprimir ciertos recuerdos e iluminar constantemente otros. Es tan fácil ser víctima, ser "abandonados".
Entre cubas de Matusalén (ella) y copas de Shyraz de Casa Madero (yo) –con una arbitro cariñosa de buen tercio– esbozamos una memoria compartida de la pérdida que ambas vivimos. Para ella fue una experiencia lúcida (o así la cuenta). Para mí, un terremoto de cuerpo entero: derrumbó construcciones emocionales que ni siquiera sabía mías. Después de ella mi vida fue un Berlín emocional: lleno de reconstrucciones, ruinas y nuevos descubrimientos. A la fecha me gusta el paisaje que fue emergiendo.
Hoy siento nuestra pérdida como un aprendizaje: De la amistad como mero vértice, de los efectos de enfrentar inseguridades distintas en un mismo momento de vida, del peso y los efectos de elecciones de carácter, así como aquellas que no podemos evitar, que nos acontecen.
La muy cabrona al final de la noche me mandó tarea: Escribe nuestro desencuentro. Tu lado.
Si escribiera mi lado escribiría sólo el tránsito del dolor y la confusión a la aceptación. Entendí que era necesario escribirlo desde un tercero. Y eso hice. Supuestamente ese texto debería de aparecer en este blog...pero creo que se va a ir directamente al libro.
Pau siempre será mi hermana. En la lejanía y en el encuentro. En el dolor y en los abrazos reconstruidos / recuperados / descubiertos en un nuevo momento de vida de las dos.
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