miércoles, 4 de mayo de 2011

Desencuentro según Carlos Olmos




Cierro los ojos y trato de buscar una imagen que arroje algo parecido al desencuentro. Lo único que veo es un círculo de andar eterno; dicho círculo respira con dificultad, gira, se detiene, saluda, deja que la brisa del caos juegue con su cabello y de nueva cuenta vuelve a girar; cuando cree haber llegado al final de su camino, se sienta, saca una cámara de video y observa sus ciclos pasados; después de un instante guarda la cámara, suspira y vuelve a girar.


Tal circunferencia gusta mirarse en los reflejos de los charcos; en los espejos hechos de lluvia permite a su imagen desvanecerse, encontrarse con otras realidades. Algunas veces se observa como las hojas de maíz que guarecen los sueños dorados de la tierra; en otras ocasiones se mira como las manos sucias de un niño que se extienden sobre una acera gris en busca de una caricia, de un gesto cálido; la mayor parte del tiempo se ve como el beso de los amantes, aquel intento por alcanzar la mutua permanencia que se desploma ante la certeza de una fría despedida.


El círculo explota de rabia cuando no puede imaginarse más que como un simple círculo. Entonces, sin darse cuenta, muta en un dragón azul que devora lo que hay a su alrededor, incluso a aquél que lo piensa. Todo lo que engulle lo desecha con su fuego helado sobre los intersticios de una hoja en blanco que cuelga del universo. Muchos son los que se encuentran ahí, sobre una página vacía, escribiendo éstas y otras líneas, víctimas del desencuentro, alejados del mundo pero muy cercanos a ti.

RAMA o ROCA

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